Para no convalidar la deshonra

jose_miguel_gomezLa presencia continuada del monumento a José Miguel Gómez en la Cuba de José Martí equivaldría, en tal sentido, al monumento imposible a Baltasar Johannes Voster, el presidente responsable de la masacre de Soweto, en la Suráfrica de Nelson Mandela

Demanda Ciudadana


Al cumplirse cien años de la protesta armada del Partido Independiente de Color (PIC) y la masacre de que fueron objeto varios miles de implicados e inocentes a manos del ejército constitucional se avivan los análisis y las polémicas alrededor del hecho, sus antecedentes, consecuencias y trascendencias.

En el número 221 del semanario digital Primavera de Cuba el escritor y poeta Manuel Aguirre Lavarrere (Mackandal), bajo el titulo “La constante deshonra” expone sus criterios y valoraciones acerca de la permanencia de la estatua del Mayor General José Miguel Gómez, presidente de la República 1909-1913 y principal responsable de la masacre de tantos cubanos negros y mestizos en aquella aciaga primavera de 1912.

Mackandal expone su indignación e impotencia al ver la broncínea imagen del personaje sobre su pedestal del extremo sur de la Avenida de los Presidentes de la barriada habanera de El Vedado.

Más allá de su malestar, se manifiesta abiertamente en contra de los cubanos que abogan por el desmontaje de dicha estatua. El autor fundamenta su posición en el criterio de que hacerlo seria ir contra la verdad histórica.

Mackandal asegura: “Desmontar la estatua de José Miguel Gómez sería como borrarlo de los anales de la historia. Se le estaría haciendo el juego a lo mismo que hace el régimen cubano cuando un deportista o artista de cierta relevancia popular, decide cambiar el rumbo y abandona el país: son borrados de todas las listas, sacados de la radio y la televisión, convertidos en no personas, como si nunca hubiesen existido”.

En otro momento agrega: “La estatua está donde debe estar, como también está la de José Francisco Martí, el hijo del Apóstol, que fue el segundo al mando del general Monteagudo en la masacre racista de 1912, y que a todo bombo y platillo inauguró el historiador de la ciudad, Eusebio Leal, en el Centro de Estudios Martianos, pero sin llegar a decir, que sin lugar a dudas, también arrancó cabezas de negros y mestizos.”

Concluye: “Se puede criticar, y emplazar la conducta impropia que tuvieron tanto José Miguel Gómez como José Francisco Martí, pero nunca negar su existencia. Quedaría inconclusa la historia de la nación si no fueran incluidos,”

Algunos errores de precisión y concepto afloran a primera vista en la argumentación de Mackandal.

En primer lugar lo que fue establecido en la sede del Centro de Estudios Martianos no fue una estatua sino dos placas que de manera inexplicable tratan de enaltecer la gris memoria del capitán José Francisco Martí Zayas Bazán, exactamente un siglo después que este dirigiera la masacre de sus ex compañeros de armas y tantos cubanos inocentes.

Por otra parte cualquiera que lea las valoraciones del colega Mackandal puede llevarse la idea inexacta de que la estatua de José Miguel Gómez siempre ha estado en su pedestal, donde fue erigida desde su consagración en 1926, puesto que el autor omite el dato trascendental de que ésta como tantas otras fue retirada al triunfo de la Revolución, para ser posteriormente reinstalada. Los que demandamos la retirada del ofensivo símbolo tenemos bien claro el alcance de los principios de respeto a los valores patrimoniales, razón por la cual a nadie se le ha ocurrido exigir el desmontaje de inmerecidos monumentos de otros personajes no menos admirables como el del general Alejandro Rodríguez asesino del general Quintín Banderas o el del mismísimo José de Jesús Monteagudo principal ejecutor del genocidio de 1912, simplemente porque nunca fueron retirados.

Las autoridades políticas o culturales e incluso el propio Mackandal podrían explicar por qué el único símbolo republicano reinstalado por el gobierno revolucionario es precisamente la estatua del hombre que traiciono a sus correligionarios negros, para después masacrarlos, del hombre cuyo gobierno es modelo de todo genero de corruptelas y carencias éticas.

Estamos ante una doble ofensa a todos los cubanos dignos, la estatua en sí misma y el hecho de que haya sido restablecida por el gobierno que se dice defensor de los humildes.

Como único se justificaría en alguna medida la presencia de la mencionada estatua es que cohabite con los monumentos de todos los presidentes republicanos, incluidos Gerardo Machado y Fulgencio Batista, por cierto dos gobernantes que hicieron mucho más por Cuba y mataron muchos menos compatriotas que José Miguel Gómez.

Debo aclarar además que la presencia de un personaje en la historia no depende de un monumento. Las personas están en la historia porque sus acciones ―buenas o malas― han tenido significación y trascendencia para instalarse en la memoria y en los registros historiográficos. La participación de José Miguel Gómez y del “Ismaelillo” en la guerra de independencia y en los trágicos sucesos de 1912 les asegura su incuestionable lugar más allá de inmerecidos y ofensivos homenajes físicos. De hecho mientras la mencionada estatua estuvo justamente guardada en algún lugar de La Habana el general presidente conocido como “el Tiburón” mantuvo su lugar en la memoria colectiva de la nación.

Los monumentos constituyen un mecanismo para perpetuar el homenaje a quien lo haya ganado por sus acciones positivas o sus aportes trascendentes en cualquier orden de la vida. Si de un monumento dependiera la presencia de un personaje en la historia serian varios afrodescendientes ilustres los borrados de la memoria, porque figuras como Juan Gualberto Gómez, Jesús Menéndez, Aracelio iglesias, Claudio José Domingo Brindis de Salas o Evaristo Estenoz no cuentan con una estatua en Cuba.

Para los cubanos comprometidos con la búsqueda de la igualdad plena y la justicia histórica resulta tan importante librar a las generaciones actuales y futuras de la ofensiva imagen de esos personajes de conducta criminal que ahora son enaltecidos por el gobierno racista para seguir humillando y amenazando a los afrodescendientes cubanos como reafirmar en el conocimiento y la conciencia de todos la verdad sobre hechos y figuras que marcan nuestro devenir como nación.

Leonardo Calvo Cárdenas

Historiador y politólogo

contacto: elical2004@yahoo.es

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