Para defender la verdad

iremesLa historia de Cuba está llena de omisiones y tergiversaciones conformadas a imagen, semejanza e interés de las elites dominantes que, con independencia del coyuntural ropaje ideológico, han sabido afianzar en el imaginario cultural de nuestra nación una visión esquemática y muchas veces falsa de nuestro devenir histórico.

Los africanos, traídos a la fuerza como instrumentos de trabajo y sus descendientes hemos sido las principales victimas de esos inamovibles patrones de menosprecio e invisibilización. Los negros cubanos, siempre en el centro de los procesos productivos, políticos y sociales como un componente esencial de nuestra cultura, son invariablemente colocados en posición subalterna o marginal a la hora de repartir espacios y poderes, escribir la historia o proyectar las imágenes de una sociedad mestiza en sus fundamentos, pero definitivamente blanca en sus asumidas representaciones simbólicas.

Cada 27 de noviembre se conmemora y recuerda en Cuba uno de los hechos más conmovedores de nuestra historia, ese día de 1871 la soberbia colonialista concretó la ejecución de ocho muy jóvenes estudiantes de medicina acusados de una pueril banalidad. Con tal hecho el colonialismo español reafirmó su naturaleza criminal, lanzó una señal de terror ante las ansias independentistas de los cubanos y sació en alguna medida la sed de venganza de los sectores pro españoles más recalcitrantes.

Lo que nunca ha reconocido la historia oficial es que ese mismo día cinco miembros de la hermandad religiosa secreta de origen africana Abakuá, prácticamente en un acto de heroica inmolación intentaron rescatar a los condenados y fueron masacrados en distintos puntos de la ciudad vieja. El caso es que al parecer al menos uno de los ocho condenados de ese día era un iniciado en la mencionada hermandad.

Los nombres de los cinco valientes cuyas edades oscilaban entre catorce y cuarenta años no trascendieron en la memoria  historia y el hecho mismo fue enterrado en el abismo de silencio donde se hunde todo lo que contradice los intereses y perspectivas de las élites hegemónicas, esas que nunca se han dignado a reconocer la filiación abakuá de muchas grandes e importantes figuras de la historia y la cultura nacional.

A pesar de que esa fue la única manifestación de rebeldía ante el criminal acto, a pesar de que pocas veces nuestra ciudad se tiñó con sangre tan digna y tan limpia, el hecho ha estado ausente de la historiografía, las lecciones escolares y la propaganda oficial, tanto antes como después del triunfo de la revolución. En las conmemoraciones oficiales del acontecimiento se rinde incluso merecido homenaje a Nicolás Estévanez y Federico Capdevila, dos oficiales peninsulares por cierto nada sospechosos de ser anticolonialistas, pero que asumieron posturas dignas y honestas ante el injustificable crimen, sin embargo no se dice una palabra de los cubanos negros que se inmolaron para lavar con su sangre tanta ignominia.

Resulta obvio que es muy difícil para las autoridades cubanas reconocer tal acto de heroísmo y grandeza de un grupo social que el poder se ha empeñado en satanizar como delincuentes y malas personas, tratando siempre de promover el rechazo y el desprestigio de la hermandad.

Este 27 de noviembre se conmemoró el hecho en la esquina habanera donde se presupone cayó el primero y más joven de los sublevados de aquel día.  Hace cinco años un grupo de cubanos estudiosos y sensibilizados con el tema se han impuesto el propósito de rendir el merecido homenaje a los héroes anónimos que todavía no encuentran lugar en las conmemoraciones oficiales.

En esta ocasión sin embargo, ante la indiscimulable inquietud de los muchos agentes de la policía política, por cierto únicos funcionarios gubernamentales allí presentes, fueron desplegados los símbolos religiosos y culturales de la hermandad para animar la nutrida y sonora procesión de los participantes a lo largo del populoso Paseo del Prado hasta el monumento que recuerda a los estudiantes fusilados aquel día en la explanada de la Punta  del litoral habanero, en una manifestación sin precedentes de la cultura más autóctona.
El hecho adquiere notable connotación en tanto la mencionada demostración pública se realizó de manera independiente, libre de la permanente manipulación gubernamental y con la participación de una significativa representación de movimientos cívicos alternativos.

Mi experiencia me dice que a la hora en que escribo estas líneas los analistas de inteligencia, ideología y política de la cúpula gobernante deben estar ocupados en diseñar los mecanismos destinados a manipular y controlar venideras conmemoraciones. No me extrañaría ver el próximo año el acto convertida en un acto más de “reafirmación revolucionaria” con los espacios mediáticos y académicos guardando el mismo silencio de siempre sobre el hecho histórico.

Resulta difícil imaginar a las autoridades cubanas haciendo justicia histórica a héroes tan incómodos. La historia verdadera no la puede borrar ni siquiera la indolencia racista de las élites, sin embargo la sensibilidad y determinación demostrada por los participantes en el homenaje ─miembros de la hermandad o no─ debe convertirse en el firme compromiso compartido de difundir la verdad de los acontecimientos.

Es necesario lograr que la historia reconozca la grandeza de actos como el de aquellos cinco valientes anónimos, sin embargo resulta más importante que los cubanos ganen conocimiento y conciencia de quienes hemos sido en realidad y sobre todo de que podemos enorgullecernos, aunque ese orgullo no se corresponda con los intereses y diseños de quienes nos gobiernan mal y nos desprecian mucho.

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leonardo-calvo-cir-vicecoordinador-nacional-del-cirLeonardo Calvo
Vicecoordinador Nacional del CIR

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