Declaración del CIR sobre el fallecimiento de Orlando Zapata

orlando-zapataLa muerte el pasado 23 de febrero del defensor de derechos humanos y prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo, tras una prolongada huelga de hambre en reclamo de sus derechos y del de los restantes prisioneros en Cuba tiene una connotación múltiple para la sociedad cubana. Ella merece también esta reflexión; más allá de la posición obvia de consternación y espanto de toda persona civilizada, consciente de que vivimos en el siglo XXI, ante el frío desprecio por la vida humana de las mentalidades autocráticas.

Esta muerte refleja por un lado la sórdida estructura cruel del modelo de Estado en Cuba; la arrogancia ideológica y cultural de la elite política; la deshumanización de los sistemas coercitivos del gobierno, después de la banalización represiva tras largos años de ejercicio, y la profunda crisis en las reservas de sensibilidad moral de las autoridades que se dan el lujo de arriesgar su imagen pública, en el tonto forcejeo del poder con la satisfacción responsable y obligada de las demandas de los ciudadanos. Porque Zapata Tamayo era un ciudadano cubano, preso bajo la responsabilidad absoluta del gobierno.

Pero esta muerte voluntaria como protesta dramática por unas condiciones de vida insoportables tiene tres connotaciones superiores que deberían hacer reflexionar a todos los cubanos, y que ya no permiten mirar para otro lado cuando se habla de derechos humanos en Cuba.

Una primera connotación es humana -la más importante de todas- que revela el alto precio que tenemos que pagar en vidas bajo el altar de esa fantasía y ficción política que insisten en llamar revolución.

Es dura la inmolación. Pero lo es más la inmolación de un hombre -que quizá sin saberlo ha actualizado el significado antiguo del holocausto-, originada en las pretensiones de un proyecto que ya no existe. Un albañil que, sacrificando su vida, confirma la muerte del obrero como sujeto primordial del supuesto proceso revolucionario.

Una segunda connotación es filosófica y enfoca, dramática y definitivamente, el lugar de la persona humana en su relación con las demás, con el poder, con el Estado y con las concepciones del bien, el derecho y la justicia. Una aproximación moral que exige una urgente reflexión de nuestro modelo de convivencia. La reducción brutal de Zapata Tamayo a un sujeto delictivo, en detrimento de su constitución moral como ser humano, ha llevado a este desenlace sin compensación ética para todos los cubanos: gobernantes y gobernados.

Una tercera connotación es racial. Ella coloca en primer plano el costo brutal de esa vieja tutela de los “emancipadores”. El mito de que la revolución, esa que sí existió hace muchos años, emancipó a los negros se ha saldado con la muerte de un negro rebelde que poco mereció la compasión de sus carceleros por su manifiesta “ingratitud” frente a sus “libertadores”. Porque Zapata Tamayo murió también un poco por su condición de negro.

La condena del CIR al gobierno cubano por esta muerte no es solo moral y política; es además, y por todas aquellas connotaciones, una condena en términos civilizatorios, culturales y de identidad.

La reacción de las autoridades a la natural solidaridad de la comunidad política, civil y de derechos humanos en toda la isla, deteniendo a decenas de activistas, que incluyeron a los líderes del CIR, no nos preocupó, por tanto, por la manifiesta y tradicional represión que implica -frente al holocausto de Zapata Tamayo resaltar la represión habitual contra nosotros no revela mucha altura- sino por la descomposición espiritual de quienes no pudieron captar ni respetar el valor dramático de entregar la vida pacíficamente. Eso sí que preocupa al CIR.

Tal y como sentimos preocupación ajena por los débiles intentos de detener la auto desmoralización del poder, proyectando en los demás las propias carencias y develando los tintes oscuros de los adversarios, muertos o vivos, con el propósito de obstaculizar su entrada positiva al imaginario colectivo. Por ese camino, la mitad del panteón de héroes y mártires de la historia, incluida la cubana, estaría vacío.

Pero en verdad, no nos preocupan las constantes exhibiciones de un régimen cada vez más muscular y cada vez menos tributario de las ideas. Temerle, después de Zapata Tamayo, a un par de empujones o a las golpizas de una policía que recupera con bastante desenfado el núcleo y la memoria del batistato -adjuntos a las prácticas latinoamericanas del paramilitarismo-, no es una cobardía, es un error cívico.

El CIR ofrece sus condolencias a los familiares de Orlando Zapata Tamayo, en especial a su madre Reina Luisa Tamayo y, junto al resto de la comunidad cívica y democrática, no dejará que este último gesto de vida de Tamayo, hecho por y para todos los cubanos, quede solo en las memorias escritas de nuestra historia.

Juan A. Madrazo Luna – Coordinador Nacional

Leonardo Calvo Cárdenas – Vice coordinador Nacional

Eleanor Calvo Martínez – Observatorio Ciudadano Contra la Discriminación

Juan A. Alvarado Ramos – Editor-jefe de la Revista Islas, Miembro del CIR

(La Habana, 29 de febrero de 2010)

La muerte el pasado 23 de febrero del defensor de derechos humanos y prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo, tras una prolongada huelga de hambre en reclamo de sus derechos y del de los restantes prisioneros en Cuba tiene una connotación múltiple para la sociedad cubana. Ella merece también esta reflexión; más allá de la posición obvia de consternación y espanto de toda persona civilizada, consciente de que vivimos en el siglo XXI, ante el frío desprecio por la vida humana de las mentalidades autocráticas.

Esta muerte refleja por un lado la sórdida estructura cruel del modelo de Estado en Cuba; la arrogancia ideológica y cultural de la elite política; la deshumanización de los sistemas coercitivos del gobierno, después de la banalización represiva tras largos años de ejercicio, y la profunda crisis en las reservas de sensibilidad moral de las autoridades que se dan el lujo de arriesgar su imagen pública, en el tonto forcejeo del poder con la satisfacción responsable y obligada de las demandas de los ciudadanos. Porque Zapata Tamayo era un ciudadano cubano, preso bajo la responsabilidad absoluta del gobierno.

Pero esta muerte voluntaria como protesta dramática por unas condiciones de vida insoportables tiene tres connotaciones superiores que deberían hacer reflexionar a todos los cubanos, y que ya no permiten mirar para otro lado cuando se habla de derechos humanos en Cuba.

Una primera connotación es humana -la más importante de todas- que revela el alto precio que tenemos que pagar en vidas bajo el altar de esa fantasía y ficción política que insisten en llamar revolución.

Es dura la inmolación. Pero lo es más la inmolación de un hombre -que quizá sin saberlo ha actualizado el significado antiguo del holocausto-, originada en las pretensiones de un proyecto que ya no existe. Un albañil que, sacrificando su vida, confirma la muerte del obrero como sujeto primordial del supuesto proceso revolucionario.

Una segunda connotación es filosófica y enfoca, dramática y definitivamente, el lugar de la persona humana en su relación con las demás, con el poder, con el Estado y con las concepciones del bien, el derecho y la justicia. Una aproximación moral que exige una urgente reflexión de nuestro modelo de convivencia. La reducción brutal de Zapata Tamayo a un sujeto delictivo, en detrimento de su constitución moral como ser humano, ha llevado a este desenlace sin compensación ética para todos los cubanos: gobernantes y gobernados.

Una tercera connotación es racial. Ella coloca en primer plano el costo brutal de esa vieja tutela de los “emancipadores”. El mito de que la revolución, esa que sí existió hace muchos años, emancipó a los negros se ha saldado con la muerte de un negro rebelde que poco mereció la compasión de sus carceleros por su manifiesta “ingratitud” frente a sus “libertadores”. Porque Zapata Tamayo murió también un poco por su condición de negro.

La condena del CIR al gobierno cubano por esta muerte no es solo moral y política; es además, y por todas aquellas connotaciones, una condena en términos civilizatorios, culturales y de identidad.

La reacción de las autoridades a la natural solidaridad de la comunidad política, civil y de derechos humanos en toda la isla, deteniendo a decenas de activistas, que incluyeron a los líderes del CIR, no nos preocupó, por tanto, por la manifiesta y tradicional represión que implica -frente al holocausto de Zapata Tamayo resaltar la represión habitual contra nosotros no revela mucha altura- sino por la descomposición espiritual de quienes no pudieron captar ni respetar el valor dramático de entregar la vida pacíficamente. Eso sí que preocupa al CIR.

Tal y como sentimos preocupación ajena por los débiles intentos de detener la auto desmoralización del poder, proyectando en los demás las propias carencias y develando los tintes oscuros de los adversarios, muertos o vivos, con el propósito de obstaculizar su entrada positiva al imaginario colectivo. Por ese camino, la mitad del panteón de héroes y mártires de la historia, incluida la cubana, estaría vacío.

Pero en verdad, no nos preocupan las constantes exhibiciones de un régimen cada vez más muscular y cada vez menos tributario de las ideas. Temerle, después de Zapata Tamayo, a un par de empujones o a las golpizas de una policía que recupera con bastante desenfado el núcleo y la memoria del batistato -adjuntos a las prácticas latinoamericanas del paramilitarismo-, no es una cobardía, es un error cívico.

El CIR ofrece sus condolencias a los familiares de Orlando Zapata Tamayo, en especial a su madre Reina Luisa Tamayo y, junto al resto de la comunidad cívica y democrática, no dejará que este último gesto de vida de Tamayo, hecho por y para todos los cubanos, quede solo en las memorias escritas de nuestra historia.

Juan A. Madrazo Luna – Coordinador Nacional

Leonardo Calvo Cárdenas – Vice coordinador Nacional

Eleanor Calvo Martínez – Observatorio Ciudadano Contra la Discriminación

Juan A. Alvarado Ramos – Editor-jefe de la Revista Islas, Miembro del CIR

(La Habana, 29 de febrero de 2010)

La muerte el pasado 23 de febrero del defensor de derechos humanos y prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo, tras una prolongada huelga de hambre en reclamo de sus derechos y del de los restantes prisioneros en Cuba tiene una connotación múltiple para la sociedad cubana. Ella merece también esta reflexión; más allá de la posición obvia de consternación y espanto de toda persona civilizada, consciente de que vivimos en el siglo XXI, ante el frío desprecio por la vida humana de las mentalidades autocráticas.

Esta muerte refleja por un lado la sórdida estructura cruel del modelo de Estado en Cuba; la arrogancia ideológica y cultural de la elite política; la deshumanización de los sistemas coercitivos del gobierno, después de la banalización represiva tras largos años de ejercicio, y la profunda crisis en las reservas de sensibilidad moral de las autoridades que se dan el lujo de arriesgar su imagen pública, en el tonto forcejeo del poder con la satisfacción responsable y obligada de las demandas de los ciudadanos. Porque Zapata Tamayo era un ciudadano cubano, preso bajo la responsabilidad absoluta del gobierno.

Pero esta muerte voluntaria como protesta dramática por unas condiciones de vida insoportables tiene tres connotaciones superiores que deberían hacer reflexionar a todos los cubanos, y que ya no permiten mirar para otro lado cuando se habla de derechos humanos en Cuba.

Una primera connotación es humana -la más importante de todas- que revela el alto precio que tenemos que pagar en vidas bajo el altar de esa fantasía y ficción política que insisten en llamar revolución.

Es dura la inmolación. Pero lo es más la inmolación de un hombre -que quizá sin saberlo ha actualizado el significado antiguo del holocausto-, originada en las pretensiones de un proyecto que ya no existe. Un albañil que, sacrificando su vida, confirma la muerte del obrero como sujeto primordial del supuesto proceso revolucionario.

Una segunda connotación es filosófica y enfoca, dramática y definitivamente, el lugar de la persona humana en su relación con las demás, con el poder, con el Estado y con las concepciones del bien, el derecho y la justicia. Una aproximación moral que exige una urgente reflexión de nuestro modelo de convivencia. La reducción brutal de Zapata Tamayo a un sujeto delictivo, en detrimento de su constitución moral como ser humano, ha llevado a este desenlace sin compensación ética para todos los cubanos: gobernantes y gobernados.

Una tercera connotación es racial. Ella coloca en primer plano el costo brutal de esa vieja tutela de los “emancipadores”. El mito de que la revolución, esa que sí existió hace muchos años, emancipó a los negros se ha saldado con la muerte de un negro rebelde que poco mereció la compasión de sus carceleros por su manifiesta “ingratitud” frente a sus “libertadores”. Porque Zapata Tamayo murió también un poco por su condición de negro.

La condena del CIR al gobierno cubano por esta muerte no es solo moral y política; es además, y por todas aquellas connotaciones, una condena en términos civilizatorios, culturales y de identidad.

La reacción de las autoridades a la natural solidaridad de la comunidad política, civil y de derechos humanos en toda la isla, deteniendo a decenas de activistas, que incluyeron a los líderes del CIR, no nos preocupó, por tanto, por la manifiesta y tradicional represión que implica -frente al holocausto de Zapata Tamayo resaltar la represión habitual contra nosotros no revela mucha altura- sino por la descomposición espiritual de quienes no pudieron captar ni respetar el valor dramático de entregar la vida pacíficamente. Eso sí que preocupa al CIR.

Tal y como sentimos preocupación ajena por los débiles intentos de detener la auto desmoralización del poder, proyectando en los demás las propias carencias y develando los tintes oscuros de los adversarios, muertos o vivos, con el propósito de obstaculizar su entrada positiva al imaginario colectivo. Por ese camino, la mitad del panteón de héroes y mártires de la historia, incluida la cubana, estaría vacío.

Pero en verdad, no nos preocupan las constantes exhibiciones de un régimen cada vez más muscular y cada vez menos tributario de las ideas. Temerle, después de Zapata Tamayo, a un par de empujones o a las golpizas de una policía que recupera con bastante desenfado el núcleo y la memoria del batistato -adjuntos a las prácticas latinoamericanas del paramilitarismo-, no es una cobardía, es un error cívico.

El CIR ofrece sus condolencias a los familiares de Orlando Zapata Tamayo, en especial a su madre Reina Luisa Tamayo y, junto al resto de la comunidad cívica y democrática, no dejará que este último gesto de vida de Tamayo, hecho por y para todos los cubanos, quede solo en las memorias escritas de nuestra historia.

Juan A. Madrazo Luna – Coordinador Nacional

Leonardo Calvo Cárdenas – Vice coordinador Nacional

Eleanor Calvo Martínez – Observatorio Ciudadano Contra la Discriminación

Juan A. Alvarado Ramos – Editor-jefe de la Revista Islas, Miembro del CIR

(La Habana, 29 de febrero de 2010)

La muerte el pasado 23 de febrero del defensor de derechos humanos y prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo, tras una prolongada huelga de hambre en reclamo de sus derechos y del de los restantes prisioneros en Cuba tiene una connotación múltiple para la sociedad cubana. Ella merece también esta reflexión; más allá de la posición obvia de consternación y espanto de toda persona civilizada, consciente de que vivimos en el siglo XXI, ante el frío desprecio por la vida humana de las mentalidades autocráticas.

Esta muerte refleja por un lado la sórdida estructura cruel del modelo de Estado en Cuba; la arrogancia ideológica y cultural de la elite política; la deshumanización de los sistemas coercitivos del gobierno, después de la banalización represiva tras largos años de ejercicio, y la profunda crisis en las reservas de sensibilidad moral de las autoridades que se dan el lujo de arriesgar su imagen pública, en el tonto forcejeo del poder con la satisfacción responsable y obligada de las demandas de los ciudadanos. Porque Zapata Tamayo era un ciudadano cubano, preso bajo la responsabilidad absoluta del gobierno.

Pero esta muerte voluntaria como protesta dramática por unas condiciones de vida insoportables tiene tres connotaciones superiores que deberían hacer reflexionar a todos los cubanos, y que ya no permiten mirar para otro lado cuando se habla de derechos humanos en Cuba.

Una primera connotación es humana -la más importante de todas- que revela el alto precio que tenemos que pagar en vidas bajo el altar de esa fantasía y ficción política que insisten en llamar revolución.

Es dura la inmolación. Pero lo es más la inmolación de un hombre -que quizá sin saberlo ha actualizado el significado antiguo del holocausto-, originada en las pretensiones de un proyecto que ya no existe. Un albañil que, sacrificando su vida, confirma la muerte del obrero como sujeto primordial del supuesto proceso revolucionario.

Una segunda connotación es filosófica y enfoca, dramática y definitivamente, el lugar de la persona humana en su relación con las demás, con el poder, con el Estado y con las concepciones del bien, el derecho y la justicia. Una aproximación moral que exige una urgente reflexión de nuestro modelo de convivencia. La reducción brutal de Zapata Tamayo a un sujeto delictivo, en detrimento de su constitución moral como ser humano, ha llevado a este desenlace sin compensación ética para todos los cubanos: gobernantes y gobernados.

Una tercera connotación es racial. Ella coloca en primer plano el costo brutal de esa vieja tutela de los “emancipadores”. El mito de que la revolución, esa que sí existió hace muchos años, emancipó a los negros se ha saldado con la muerte de un negro rebelde que poco mereció la compasión de sus carceleros por su manifiesta “ingratitud” frente a sus “libertadores”. Porque Zapata Tamayo murió también un poco por su condición de negro.

La condena del CIR al gobierno cubano por esta muerte no es solo moral y política; es además, y por todas aquellas connotaciones, una condena en términos civilizatorios, culturales y de identidad.

La reacción de las autoridades a la natural solidaridad de la comunidad política, civil y de derechos humanos en toda la isla, deteniendo a decenas de activistas, que incluyeron a los líderes del CIR, no nos preocupó, por tanto, por la manifiesta y tradicional represión que implica -frente al holocausto de Zapata Tamayo resaltar la represión habitual contra nosotros no revela mucha altura- sino por la descomposición espiritual de quienes no pudieron captar ni respetar el valor dramático de entregar la vida pacíficamente. Eso sí que preocupa al CIR.

Tal y como sentimos preocupación ajena por los débiles intentos de detener la auto desmoralización del poder, proyectando en los demás las propias carencias y develando los tintes oscuros de los adversarios, muertos o vivos, con el propósito de obstaculizar su entrada positiva al imaginario colectivo. Por ese camino, la mitad del panteón de héroes y mártires de la historia, incluida la cubana, estaría vacío.

Pero en verdad, no nos preocupan las constantes exhibiciones de un régimen cada vez más muscular y cada vez menos tributario de las ideas. Temerle, después de Zapata Tamayo, a un par de empujones o a las golpizas de una policía que recupera con bastante desenfado el núcleo y la memoria del batistato -adjuntos a las prácticas latinoamericanas del paramilitarismo-, no es una cobardía, es un error cívico.

El CIR ofrece sus condolencias a los familiares de Orlando Zapata Tamayo, en especial a su madre Reina Luisa Tamayo y, junto al resto de la comunidad cívica y democrática, no dejará que este último gesto de vida de Tamayo, hecho por y para todos los cubanos, quede solo en las memorias escritas de nuestra historia.

Juan A. Madrazo Luna – Coordinador Nacional

Leonardo Calvo Cárdenas – Vice coordinador Nacional

Eleanor Calvo Martínez – Observatorio Ciudadano Contra la Discriminación

Juan A. Alvarado Ramos – Editor-jefe de la Revista Islas, Miembro del CIR

(La Habana, 29 de febrero de 2010)

La muerte el pasado 23 de febrero del defensor de derechos humanos y prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo, tras una prolongada huelga de hambre en reclamo de sus derechos y del de los restantes prisioneros en Cuba tiene una connotación múltiple para la sociedad cubana. Ella merece también esta reflexión; más allá de la posición obvia de consternación y espanto de toda persona civilizada, consciente de que vivimos en el siglo XXI, ante el frío desprecio por la vida humana de las mentalidades autocráticas.

Esta muerte refleja por un lado la sórdida estructura cruel del modelo de Estado en Cuba; la arrogancia ideológica y cultural de la elite política; la deshumanización de los sistemas coercitivos del gobierno, después de la banalización represiva tras largos años de ejercicio, y la profunda crisis en las reservas de sensibilidad moral de las autoridades que se dan el lujo de arriesgar su imagen pública, en el tonto forcejeo del poder con la satisfacción responsable y obligada de las demandas de los ciudadanos. Porque Zapata Tamayo era un ciudadano cubano, preso bajo la responsabilidad absoluta del gobierno.

Pero esta muerte voluntaria como protesta dramática por unas condiciones de vida insoportables tiene tres connotaciones superiores que deberían hacer reflexionar a todos los cubanos, y que ya no permiten mirar para otro lado cuando se habla de derechos humanos en Cuba.

Una primera connotación es humana -la más importante de todas- que revela el alto precio que tenemos que pagar en vidas bajo el altar de esa fantasía y ficción política que insisten en llamar revolución.

Es dura la inmolación. Pero lo es más la inmolación de un hombre -que quizá sin saberlo ha actualizado el significado antiguo del holocausto-, originada en las pretensiones de un proyecto que ya no existe. Un albañil que, sacrificando su vida, confirma la muerte del obrero como sujeto primordial del supuesto proceso revolucionario.

Una segunda connotación es filosófica y enfoca, dramática y definitivamente, el lugar de la persona humana en su relación con las demás, con el poder, con el Estado y con las concepciones del bien, el derecho y la justicia. Una aproximación moral que exige una urgente reflexión de nuestro modelo de convivencia. La reducción brutal de Zapata Tamayo a un sujeto delictivo, en detrimento de su constitución moral como ser humano, ha llevado a este desenlace sin compensación ética para todos los cubanos: gobernantes y gobernados.

Una tercera connotación es racial. Ella coloca en primer plano el costo brutal de esa vieja tutela de los “emancipadores”. El mito de que la revolución, esa que sí existió hace muchos años, emancipó a los negros se ha saldado con la muerte de un negro rebelde que poco mereció la compasión de sus carceleros por su manifiesta “ingratitud” frente a sus “libertadores”. Porque Zapata Tamayo murió también un poco por su condición de negro.

La condena del CIR al gobierno cubano por esta muerte no es solo moral y política; es además, y por todas aquellas connotaciones, una condena en términos civilizatorios, culturales y de identidad.

La reacción de las autoridades a la natural solidaridad de la comunidad política, civil y de derechos humanos en toda la isla, deteniendo a decenas de activistas, que incluyeron a los líderes del CIR, no nos preocupó, por tanto, por la manifiesta y tradicional represión que implica -frente al holocausto de Zapata Tamayo resaltar la represión habitual contra nosotros no revela mucha altura- sino por la descomposición espiritual de quienes no pudieron captar ni respetar el valor dramático de entregar la vida pacíficamente. Eso sí que preocupa al CIR.

Tal y como sentimos preocupación ajena por los débiles intentos de detener la auto desmoralización del poder, proyectando en los demás las propias carencias y develando los tintes oscuros de los adversarios, muertos o vivos, con el propósito de obstaculizar su entrada positiva al imaginario colectivo. Por ese camino, la mitad del panteón de héroes y mártires de la historia, incluida la cubana, estaría vacío.

Pero en verdad, no nos preocupan las constantes exhibiciones de un régimen cada vez más muscular y cada vez menos tributario de las ideas. Temerle, después de Zapata Tamayo, a un par de empujones o a las golpizas de una policía que recupera con bastante desenfado el núcleo y la memoria del batistato -adjuntos a las prácticas latinoamericanas del paramilitarismo-, no es una cobardía, es un error cívico.

El CIR ofrece sus condolencias a los familiares de Orlando Zapata Tamayo, en especial a su madre Reina Luisa Tamayo y, junto al resto de la comunidad cívica y democrática, no dejará que este último gesto de vida de Tamayo, hecho por y para todos los cubanos, quede solo en las memorias escritas de nuestra historia.

Juan A. Madrazo Luna – Coordinador Nacional

Leonardo Calvo Cárdenas – Vice coordinador Nacional

Eleanor Calvo Martínez – Observatorio Ciudadano Contra la Discriminación

Juan A. Alvarado Ramos – Editor-jefe de la Revista Islas, Miembro del CIR

(La Habana, 29 de febrero de 2010)

La muerte el pasado 23 de febrero del defensor de derechos humanos y prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo, tras una prolongada huelga de hambre en reclamo de sus derechos y del de los restantes prisioneros en Cuba tiene una connotación múltiple para la sociedad cubana. Ella merece también esta reflexión; más allá de la posición obvia de consternación y espanto de toda persona civilizada, consciente de que vivimos en el siglo XXI, ante el frío desprecio por la vida humana de las mentalidades autocráticas.

Esta muerte refleja por un lado la sórdida estructura cruel del modelo de Estado en Cuba; la arrogancia ideológica y cultural de la elite política; la deshumanización de los sistemas coercitivos del gobierno, después de la banalización represiva tras largos años de ejercicio, y la profunda crisis en las reservas de sensibilidad moral de las autoridades que se dan el lujo de arriesgar su imagen pública, en el tonto forcejeo del poder con la satisfacción responsable y obligada de las demandas de los ciudadanos. Porque Zapata Tamayo era un ciudadano cubano, preso bajo la responsabilidad absoluta del gobierno.

Pero esta muerte voluntaria como protesta dramática por unas condiciones de vida insoportables tiene tres connotaciones superiores que deberían hacer reflexionar a todos los cubanos, y que ya no permiten mirar para otro lado cuando se habla de derechos humanos en Cuba.

Una primera connotación es humana -la más importante de todas- que revela el alto precio que tenemos que pagar en vidas bajo el altar de esa fantasía y ficción política que insisten en llamar revolución.

Es dura la inmolación. Pero lo es más la inmolación de un hombre -que quizá sin saberlo ha actualizado el significado antiguo del holocausto-, originada en las pretensiones de un proyecto que ya no existe. Un albañil que, sacrificando su vida, confirma la muerte del obrero como sujeto primordial del supuesto proceso revolucionario.

Una segunda connotación es filosófica y enfoca, dramática y definitivamente, el lugar de la persona humana en su relación con las demás, con el poder, con el Estado y con las concepciones del bien, el derecho y la justicia. Una aproximación moral que exige una urgente reflexión de nuestro modelo de convivencia. La reducción brutal de Zapata Tamayo a un sujeto delictivo, en detrimento de su constitución moral como ser humano, ha llevado a este desenlace sin compensación ética para todos los cubanos: gobernantes y gobernados.

Una tercera connotación es racial. Ella coloca en primer plano el costo brutal de esa vieja tutela de los “emancipadores”. El mito de que la revolución, esa que sí existió hace muchos años, emancipó a los negros se ha saldado con la muerte de un negro rebelde que poco mereció la compasión de sus carceleros por su manifiesta “ingratitud” frente a sus “libertadores”. Porque Zapata Tamayo murió también un poco por su condición de negro.

La condena del CIR al gobierno cubano por esta muerte no es solo moral y política; es además, y por todas aquellas connotaciones, una condena en términos civilizatorios, culturales y de identidad.

La reacción de las autoridades a la natural solidaridad de la comunidad política, civil y de derechos humanos en toda la isla, deteniendo a decenas de activistas, que incluyeron a los líderes del CIR, no nos preocupó, por tanto, por la manifiesta y tradicional represión que implica -frente al holocausto de Zapata Tamayo resaltar la represión habitual contra nosotros no revela mucha altura- sino por la descomposición espiritual de quienes no pudieron captar ni respetar el valor dramático de entregar la vida pacíficamente. Eso sí que preocupa al CIR.

Tal y como sentimos preocupación ajena por los débiles intentos de detener la auto desmoralización del poder, proyectando en los demás las propias carencias y develando los tintes oscuros de los adversarios, muertos o vivos, con el propósito de obstaculizar su entrada positiva al imaginario colectivo. Por ese camino, la mitad del panteón de héroes y mártires de la historia, incluida la cubana, estaría vacío.

Pero en verdad, no nos preocupan las constantes exhibiciones de un régimen cada vez más muscular y cada vez menos tributario de las ideas. Temerle, después de Zapata Tamayo, a un par de empujones o a las golpizas de una policía que recupera con bastante desenfado el núcleo y la memoria del batistato -adjuntos a las prácticas latinoamericanas del paramilitarismo-, no es una cobardía, es un error cívico.

El CIR ofrece sus condolencias a los familiares de Orlando Zapata Tamayo, en especial a su madre Reina Luisa Tamayo y, junto al resto de la comunidad cívica y democrática, no dejará que este último gesto de vida de Tamayo, hecho por y para todos los cubanos, quede solo en las memorias escritas de nuestra historia.

Juan A. Madrazo Luna – Coordinador Nacional

Leonardo Calvo Cárdenas – Vice coordinador Nacional

Eleanor Calvo Martínez – Observatorio Ciudadano Contra la Discriminación

Juan A. Alvarado Ramos – Editor-jefe de la Revista Islas, Miembro del CIR

(La Habana, 29 de febrero de 2010)

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