Fieras indomables

vendedores_cubaLos correctivos que se aplican para frenar las corruptelas y sus derivados son como pellizcar la piel de un cocodrilo. Al igual que pasaría con uno de estos reptiles, el fenómeno en Cuba no se da por enterado de las medidas administrativas y penales por medio de las cuales se intenta retomar la senda del control de los recursos materiales y la recuperación de importantes valores éticos y morales.

Un ejemplo de la ineficacia de la estrategia adoptada por el partido y la policía para ponerle fin al problema, es el caso de la venta de bolsas de nylon por parte de vendedores furtivos en las afueras de los agromercados y centros comerciales.

Obtener una jaba tras una compra efectuada en alguna de estas dependencias pertenece al reino de la casualidad. Sin embargo en los alrededores, pululan las ofertas en boca de personas de la tercera edad, y mujeres jóvenes, que venden la unidad a un 1 peso en moneda nacional o 5 centavos de peso convertible.

Ya es normal ver a no pocos cubanos llevar una flauta de pan en las axilas o haciendo malabares para transportar una mercancía congelada entre las manos, después de las redadas que efectúa regularmente la policía contra estas personas.

El negocio, aunque entraña sus riesgos, reporta dividendos no despreciables en un país donde el salario promedio no sobrepasa la barrera de los 20 dólares mensuales.

Tras comprarle el producto a algún integrante de la directiva del centro comercial, en este caso de las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD), que es donde van a parar las respectivas asignaciones; tanto el proveedor como el vendedor logran ganancias del 50%, respectivamente.

Si el gerente o el económico de la tienda consiguen hurtar una buena cantidad de jabas, en una semana tanto ellos como el vendedor, obtienen ganancias que superarían con creces las tasas salariales establecidas.
El dinero que circula cada semana en la capital a partir de esas ventas semiclandestinas, pudiera estar en el orden de los cinco dígitos.

Para cientos de personas residentes en La Habana, este es un medio de vida del cual no se van a desprender muy fácil. Ante la sorpresiva captura aparece el soborno o en el caso de las mujeres la oferta sexual gratuita.
Ningún centro productivo o de servicios escapa del flagelo de la especulación y toda la red de artimañas que ayudan al trasvase de los recursos del estado hacia el mercado negro.

El robo en el pesaje, la alteración de precios, la venta de productos vencidos y el acaparamiento que funciona como el mecanismo de un reloj suizo, son detalles nimios de algo imposible de describir a causa del número de implicados, el tiempo que llevan practicándose y la sofisticación de los métodos.

Los niveles de complicidad se tornan abusivos, al describir la apropiación masiva fundamentalmente de prendas de vestir y calzados al llegar a los centros donde se comercializan.

El negocio ya tiene clientes fijos que compran las mercancías antes que lleguen a las vitrinas, y sin los precios multados, en una perfecta combinación con el personal de las tiendas que avisan sin dilaciones y exigen el pago al contado.

Por mucho empeño que se tomen por corregir tales anomalías, no será fácil romper con una costumbre que tiene su base en condiciones socioeconómicas legitimadas a partir de conceptos voluntaristas e ideológicos, ambos divorciados de una realidad que demanda rectificaciones urgentes y profundas.

El centralismo es también parte del instrumental con el que se han establecido los bolsones de anarquía que existen hoy en todo el territorio nacional. Las autoridades del país se empeñan en domesticar, sobándole el lomo y con palabrerías, a un depredador que ellos míos crearon con la genética marxista-leninista.

El desorden es ya un animal irreductible. Una fiera que poco a poco engulle lo que queda de la nación cubana, ante los gestos carnavalescos de una claque de políticos que han demostrado ser más mediocres que el tarugo de un circo municipal o tan cínicos como el carterista que sorprendido en el acto, intenta vender su inocencia con cara de monje tibetano.

Jorge Olivera Castillo

conracto: oliverajorge@yahoo.com

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