Candil de la calle

Inosmay y Azanis junto a su tia y abuela.

Inosmay y Azanis junto a su tia y abuela.

Durante muchos meses los espacios noticiosos televisivos nacionales dieron cotidiana cuenta de los detalles y particularidades del Estudio medico psico-social con que especialistas cubanos de diversas disciplinas recorrieron el territorio de varios países para censar a los habitantes con alguna discapacidad y cubrir sus necesidades básicas.

El estudio iniciado en Cuba e ideado, como es natural por el comandante en jefe ―el único que puede poner en práctica sus ideas sin ningún problema― llegó hasta el último rincón de Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia para evaluar las condiciones médicas y sociales de los discapacitados que serian beneficiados por sus respectivos gobiernos con los elementos materiales que pueden significarle una mejor calidad de vida.

No puedo olvidar el reportaje de la visita del equipo multidisciplinario a una recóndita comunidad originaria del Ecuador, al parecer bien distanciada y recelosa de la vida moderna. Allí los especialistas y funcionarios debieron pasar todo el día tratando de consentir a los lideres y habitantes de aquel singular enclave indígena, al final de la jornada los anfitriones presentaron una bebida típica en un recipiente del que bebieron para después ofrecerlo a los sobrecogidos visitantes, quienes no tuvieron más remedio que “saborear” el brebaje. Siempre recordaré los rostros de los especialistas quienes por cierto solo tuvieron que entregar un bastón en aquel lugar que de seguro no olvidaran jamás.

Ante tales alcances y la intensa cobertura mediática de la etapa cubana del proceso ―la televisión nos mostraba cada día la entrega de utensilios domésticos en avanzadas horas de la madrugada, vaya usted a saber por qué, así como la invariable satisfacción y gratitud a la “revolución” que manifestaban los beneficiados del momento por ser agraciados con lo que constituye derecho de los necesitados y responsabilidad de las autoridades― pensé sinceramente que al menos eso habían cumplido con calidad y exactitud.

Sin embargo en mi andar por la Isla promoviendo la justicia y la igualdad choqué con la cruda y triste realidad: son realmente muchos los supuestos beneficiarios de este plan excluidos del estudio y por consiguiente de sus beneficios materiales. Por razón de mi labor humanitaria he conocido a varias familias que tienen en su seno al menos un discapacitado viviendo en complejas condiciones médicas y materiales sin que especialistas y camarógrafos hayan tocado a sus puertas para concretar la atención y el respaldo que, yo como, muchos otros creímos extendida hasta el último de los necesitados.

En la profunda Habana Vieja, muy cerca de la Estación Central de ferrocarril vivía la familia Hernández Hernández, con su vivienda en deplorable estado constructivo y una promesa de solución incumplida por casi tres décadas. La situación de esta humilde prole se agrava por la situación de varios miembros con serias discapacidades.

Ernesto Oscar Hernández, el padre de familia, cuenta setenta y seis años, padece asma crónica y diabetes mellitus a causa de la cual sufrió perdida de la visión y la amputación de su pierna izquierda, se encuentra postrado en un sillón de ruedas con su pierna derecha inmovilizada a causa de un accidente de trabajo, por el cual no recibió indemnización alguna, su nieto Inosmay Boza de diez y ocho años padece un retraso mental severo, además de un complejo cuadro epiléptico. Por su parte Azanis Boza, la nieta más pequeña de once años, vive con su pulmón izquierdo extirpado desde los cinco años.

Muy lejos de allí en una intrincada zona del municipio Rio Cauto de la oriental provincia de Granma vive Marilyn Pérez Hidalgo con su hija de ocho años Leydi Laura Ruiz quien padece una severa discapacidad cerebral y motora como secuela de un cuadro de Meningitis sufrida en su primera infancia. Esta madre soltera debe dedicar todo su tiempo a la atención de su hija, vive en una casa en estado deplorable, con un subsidio estatal equivalente a cuatro dólares mensuales y no ha recibido siquiera colchón anti escaras o silla de ruedas y mucho menos la ayuda que precisa para construir una vivienda decorosa.

En la provincia de Holguín vive Alberto Lariot Castro, joven de treinta y tres años parapléjico desde que hace cinco años fue arbitrariamente detenido por agentes del orden público y en la estación de policía local un oficial le aplicó una “técnica” que le afectó varias vertebras y la medula. Este como otros casos de brutalidad policial está impune todavía.

En una intrincada zona rural de la Provincia de Ciego de Ávila vive Carmen Rosa Torres, otra madre soltera que sufre todo género de privaciones, cargando a cuestas a su hija de diez años Laura Gutiérrez que padece una parálisis cerebral congénita y no cuenta ni con un sillón de ruedas para trasladarse, ni asignación monetaria alguna para cubrir sus muchas necesidades.

Estas familias diseminadas por toda la geografía nacional tienen en común el

Eleanor calvo y Guillermo Ordoñez junto a Albertico en el centro nacional de Rehabilitación Hospital Julio Díaz.

Eleanor Calvo y Guillermo Ordoñez junto a Albertico en el centro nacional de Rehabilitación Hospital Julio Díaz.

cotidiano sufrimiento por sus tragedias y carencias y haber sido olvidados y excluidos por el programa que según las informaciones oficiales ya les resolvió muchos de sus principales problemas.

Al comentar mi asombro e inquietud por estos cuadros de desamparo y desidia gubernamental muchos interlocutores me han confirmado la falsedad del programa que más allá de su alcance propagandístico ha dejado a muchos necesitados en el mismo estado de desamparo y penuria de siempre.

Resulta imposible pensar que los latinoamericanos favorecidos por el programa que refuerza la imagen del gobierno cubano como benefactor internacional puedan imaginar en que medida estos señores son como reza la antigua máxima “candil de la calle y oscuridad de su casa”.

Leonardo Calvo Cárdenas

Historiador y politólogo

contacto: elica12004@yahoo.es

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